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Instituto Juan de Herrera
habitabilidad básica

INSTITUTO JUAN DE HERRERA

ESCUELA TÉCNICA SUPERIOR
DE ARQUITECTURA

UNIVERSIDAD POLITÉCNICA DE MADRID


FELIPE COLAVIDAS ESPINOSA

Auto-construcción básica y conciencia de uno mismo

Pero donde surge el peligro crece también lo que nos salva. Hölderlin

En un espléndido artículo de hace más de cuatro años, Gianni Vattimo volvía a subrayar la importancia crucial del trabajo y de la tecnología. Su análisis, tan vigente o más hoy que entonces, era profundo, pues no se limitaba a reconocer que el sistema productivo provoca cambios decisivos en la sociedad, sino que apuntaba a lo más irreductible: a las transformaciones que esta segunda naturaleza, artificial y productiva, origina en la conciencia individual de cada sujeto.

Y no se me escapa que es precisamente aquí, en la especial determinación con que se afirma o niega la paradójica relevancia individual de los sujetos que vivimos en sociedad, donde se halla el auténtico nudo gordiano de todo planteamiento político. Este es, a mi entender, el punto alfa, el origen que está obligado a clarificar y en el que no puede dejar de tomar partido todo planteamiento que se pretenda genuinamente político. Debate cuyo amplio arco de discusión va desde quienes pensamos que el fin último de la organización social, su tarea central e impostergable, consiste muy especialmente en crear libertad y fortalecer la autonomía personal, hasta quienes, en el otro extremo, ven este intento de afirmación personal como algo sumamente retrógrado, como la auténtica causa de todos nuestros males, y ofrecen alternativamente la gente indistinta o el pueblo inconmensurable como las únicas opciones que aún resisten a integrarse sin condiciones en los sórdidos planes del Capital -ciegamente volcado en su reproducción progresiva, en su permanente acumulación- y de la Muerte . Pero, sea de una u otra forma, en lo que respecta a la transformación personal de los individuos o a los cambios que ha experimentado la gente, nadie puede negar que el trabajo ha sido hasta ahora un elemento histórico primordial. Para bien y para mal, cada uno de nosotros somos homo faber, el resultado prioritario del ardor y las destrezas con que somos capaces de ejercer nuestras tareas. Ésta es, entre tanto esfuerzo denigrante y tanto sufrimiento insidioso -no olvidemos que trabajo viene de tripalium, un reputado instrumento de tortura-, la única característica sustantiva del trabajo que tiene verdadero valor emancipador. Valor que Marx, vía Hegel, describió en abstracto mediante palabras, a mi juicio, difíciles de mejorar:

[El trabajo] es un proceso que se desarrolla entre el hombre y la naturaleza, en el cual el hombre, a través de su propia acción, media, regula y controla el metabolismo entre sí mismo y la naturaleza: se compromete a sí mismo como una de las potencias de la naturaleza, a la materialidad de la naturaleza. Pone en movimiento las fuerzas naturales pertenecientes a su corporeidad, brazos y piernas, manos y cabeza, para apropiarse de los materiales de la naturaleza en forma utilizable para su propia vida. Operando mediante tal movimiento sobre la naturaleza exterior a él mismo y cambiándola, cambia al mismo tiempo su propia naturaleza.

O como ya había dejado escrito con anterioridad en compañía de Engels:

[…] los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento.

Este ingente esfuerzo social, suma del que, para ganarse la vida, cada trabajador realiza sobre "la naturaleza exterior", resulta en cierta manera ineludible para que la humanidad prospere, pues sólo una vez satisfechas las necesidades vitales y alcanzado un nivel de bienestar básico -nivel, por otra parte, ya ampliamente rebasado en la mayor parte del mundo desarrollado-, que libere de las cadenas materiales impuestas por aquellas necesidades perentorias, se puede optar con plena conciencia entre:

1/ el envilecimiento de seguir indefinidamente sometido al trabajo creciente que satisface la ampliación inercial y heterónoma de la esfera de la necesidad, o

2/ la dignidad suprema de limitar conscientemente unas necesidades en permanente despliegue involuntario y, al contrario de esa sumisión, ampliar el ámbito de la autonomía personal y la libertad.

Tal vez, la obligada y dura auto-disciplina del trabajo -ahora conscientemente acotado- pueda encontrar así, por encima de la justificación instrumental, su recompensa superior en una naturaleza humana en permanente transformación, cada vez más civilizada, más consciente y más digna. Sin embargo, hay que reconocer también que este proceso civilizatorio no es lineal, ni está exento de patologías e irregularidades. Cambiarse la conciencia y, como prescribía con lucidez Freud, "poner yo donde antes sólo había ello", traer pues a la superficie aquello que hasta entonces dormía sórdidamente en el inconsciente, está resultando bastante más complicado de lo que los racionalistas vulgares pensaban con severidad. Así lo prueba el común acuerdo en afirmar que la madurez moral y estética que nos ha traído la civilización marcha muy por debajo de sus progresos materiales. Ciertamente, la posible solución de los endiablados conflictos que ahora tiene planteados la humanidad no depende tanto de la falta de medios materiales y técnicos para abordar dichos males como de que sigan aún prevaleciendo unas relaciones sociales anacrónicas. Relaciones que, a todas luces, son las que dificultan y frenan la llegada de las meras condiciones de posibilidad para que pueda desarrollarse en lo factible la mejora sustantiva de un individuo socialmente emancipado y soberano.

Por otra parte, el propio proceso de trabajo, y todo lo que ya hemos visto que él mismo provoca, está a su vez especialmente condicionado por la tecnología, que incide en cómo se realiza el proceso. Y, como era de esperar, al fino instinto analítico del agitador de Tréveris tampoco le pasó desapercibido este protagonismo de la tecnología dentro de la estructura productiva

El modo como los hombres producen sus medios de vida depende, ante todo, de la naturaleza misma de los medios de vida con los que se encuentran, y que se trata de reproducir. Tal y como los individuos manifiestan su vida, así son. Lo que son coincide, por consiguiente, con su producción, tanto con lo que producen como con cómo lo producen. Lo que los individuos son depende, por tanto, de las condiciones materiales de su producción

Así es, los medios e instrumentos de producción, que no han dejado de ser cruciales para la humanidad desde la prehistoria, pasaron a ocupar un puesto señero definitivo a partir de la Revolución Industrial, y desde entonces no han hecho sino acrecentar su trascendencia, al tiempo que, en general, reclaman cada vez menos esfuerzo físico y material del trabajador pero mayor intervención de sus capacidades, digamos, nerviosas y de sus aptitudes intelectuales más abstractas. La ininterrumpida innovación tecnológica en esta dirección trae una eficacia productiva que no hace sino disminuir el tiempo necesario para elaborar cada producto concreto, sea este objeto de consumo o medio de producción, y ello conduce, según Vattimo, a un resultado incontrovertible, estructural: "la cantidad de trabajo humano necesario para hacer funcionar la máquina del mundo está destinada a reducirse"; lo que sólo es cierto si la demanda a satisfacer por dicha máquina no rebasa un cierto umbral, pues un crecimiento relativo del consumo por encima de la eficiencia tecnológica podría convertir en mendaz dicha afirmación.

Lo cierto es que la gran disminución del tiempo de trabajo humano que traen las nuevas tecnologías, unida al abrumador crecimiento demográfico de la población mundial más paupérrima, y por tanto, menos consumista, desemboca de hecho en un muy conflictivo incremento del número de parados. Cada vez más gente carece de trabajo, con todas las miserias y pérdidas que esa pérdida les acarrea a ellos y a sus descendientes, y no por el hecho de disminuir el tiempo de trabajo, lo que en sí mismo bien puede constituir una dicha, sino por dejar de recibir los ingresos que ese trabajo les proporciona y, cualitativamente, porque pierden así la forma histórica más común de "cambiarse su propia naturaleza". Y es que con la gozosa desaparición de la carga mortificante del trabajo también se esfuma su componente disciplinar e instructivo, sin que se haya encontrado tampoco por ahora ningún sustitutivo universal claro a esta función pedagógica de socialización y enriquecimiento de la persona. Y tal vez, este vacío laboral tenga que ver con la anomia y la inestabilidad que hoy -cuantitativamente más que nunca- golpea a las poblaciones desfavorecidas, a los pobres del mundo. Así lo cree el pensador italiano, que concluía su artículo con una propuesta: "lo que tenemos que inventar es una formación de la conciencia de uno mismo que ya no necesite el esfuerzo de formar una materia exterior".

Dejando aparte los innegables riesgos de una propuesta tan idealista y abstracta, de un peligroso camino que quizá se aparta demasiado de nuestra innegable parte material, es posible que ese invento ya lleve siglos funcionando: la institución educativa. Sin embargo, la educación genuina -como el 'hombre bueno' de Flannery O´Connor- es difícil de encontrar y, además, su implantación resulta especialmente costosa. Fuera del Occidente desarrollado y, en gran parte, aun en él, es preciso reconocer que el trabajo material todavía sigue mostrando, junto a la inexorable tortura de la que, ya digo, casi siempre va acompañado, todo su potencial civilizador de laborioso formador de la conciencia. Y no me refiero ahora a la innegable manipulación que el poder siempre ha hecho del mundo productivo como "Medio de Formación de Masas", sino todo lo contrario: a ese resto genuinamente civilizador que el trabajo tampoco ha perdido nunca del todo, aunque la mecanización taylorista le asentase al efecto un golpe casi definitivo.

En la parte del mundo donde ahora se acumula cuantitativamente la pobreza, lo importante es determinar con precisión y honradez qué trabajo se precisa y, sobre todo, cómo hacerlo y para qué. No caer, desde luego, en el nihilismo de la pereza y la inactividad, pero tampoco en la precipitación y la inercia de emular mecánicamente a un Occidente que prefiere instalarse en la infamia de un consumo desmesurado, demasiado frívolo -y, por tanto, también en la organización del trabajo y la tecnología que lo hacen posible-, que atender las demandas de lo humanamente esencial. Obviamente, la opción debería ser trabajar socialmente hasta superar universalmente las urgencias vitales, como de manera categórica pedía Kant, pero únicamente para plantearse con holgura de inmediato "la vida buena", que es algo muy distinto, y mucho más emocionante, y trágico, que el desmesurado consumir. Y aquí es donde reside la grandeza de todo entorno construido, incluso de esos asentamientos precarios auto-construidos que, muchas veces sin lograrlo, intentan satisfacer la más básica habitabilidad, pues todos ellos persiguen 'algo más' y, en este sentido, encuentran su más justa metáfora en la polis: "La ciudad tiene su origen en la urgencia del vivir, pero subsiste para el vivir bien, para la vida buena"

Como se puso de manifiesto en la segunda Conferencia Mundial sobre Asentamientos Humanos (Hábitat II) organizada por Naciones Unidas durante el verano del 96 en Estambul, los millones de indigentes que en aquel año vivían en condiciones residenciales extremadamente lesivas para su salud, y, en consecuencia, con escasísimas perspectivas de poder llegar algún día a desplegar mínimamente su potencial y capacidades personales, sobrepasaban ya el 20% de la población mundial.

En concreto, había entonces más de 1.000 millones de personas que se alojaban en viviendas inapropiadas y más de 100 millones que carecían absolutamente de cualquier clase de techo, todas ellas en países subdesarrollados. A ellas había que añadir 10 millones, también sin techo, en el conocido por Cuarto Mundo del Occidente desarrollado, aunque éstas, tanto por la naturaleza cualitativa de su miseria patológica como por las causas que les han llevado a ella, tienen especificidades propias que la distinguen de la pobreza generalizada de masas que presenta el mundo subdesarrollado. Si atendemos no únicamente a la vivienda, sino también al medio territorial y a sus infraestructuras, así como al entorno externo urbanizado que precisa todo alojamiento, los déficit son muy superiores.

Además, en lo que respecta al presente, desde el año 96 las personas que están en condiciones precarias de habitabilidad se han incrementado hasta suponer ahora mismo un déficit total acumulado de cobijo básico que podemos estimar superior a los 1.500 millones de personas, un 25% de la población mundial que ha rebasado ya los 6.000 millones de personas.

Es ahí donde se amontona el sufrimiento y donde crece el peligro de la inestabilidad social y la desgracia que nos amenaza como una bomba de relojería retardada, a pesar de que éste es uno -tras el hambre, quizá el principal- de los focos de mal humano que estamos en condiciones materiales de poder evitar. Si derrochamos pues el debido talento y coraje que el asunto merece, puede que algún día surja de ahí mismo, de ese peligro, lo que nos salva. ¿Nos salva de qué? Obviamente, de tanta sordidez, de tanta miseria y de tanto hastío que, desgraciadamente, hasta ahora nos supera y sobrepasa con creces nuestra voluntad doblegada.

Las recomendaciones del Banco Mundial en materia de vivienda básica para el año 2000 establecieron la necesidad de mercantilizar el producto vivienda al máximo para agilizar así su construcción y disminuir todo lo posible los precios de venta de los alojamientos más básicos; estrategia que, unida a las pertinentes medidas de financiación y crédito, las haría definitivamente asequibles a una parte sustancial de estas poblaciones desfavorecidas, que hasta ahora se ven incapaces para satisfacer un bien tan elemental como el cobijo. Tales medidas de mercado resultan sumamente pertinentes; sin embargo, es preciso también mostrar sus límites, dado que, como reconoce el propio Banco Mundial, la incapacidad estructural de alcanzar un nivel óptimo de empleo impide que estas multitudes de indigentes adquieran la base económica mínima para un acceso meramente mercantil a la vivienda. De ahí que el mercado formal del sector residencial se muestre, a los efectos de poder satisfacer las demandas del cobijo básico mundial de estas ingentes poblaciones de desheredados, un instrumento necesario pero claramente insuficiente.

Por otra parte, es preciso reconocer también que todas estas personas de los estratos económicamente más bajos de la población llevan décadas resolviendo -mal que bien-, dentro del sector denominado de la economía informal, sus necesidades residenciales por auto-construcción de sus alojamientos y, en menor medida, incluso mediante la urbanización de los asentamientos en que aquellos se ubican. Por dar una cifra significativa: de cada diez viviendas construidas en América Latina más de siete pertenecen a ese sector de la informalidad, y África y Asia no van a la zaga de este porcentaje.

Para poder llegar algún día a cubrir las necesidades vitales de cobijo no hay otra salida que, junto a las medidas mercantiles antes señaladas, potenciar, mucho más allá de lo meramente testimonial que hasta ahora únicamente se hace, los procesos de auto-construcción, tanto de nuevos asentamientos básicos como de mejora y consolidación de los que existen en precario. Y ello, por mucho que nos pese, sólo es posible a través de la puesta en marcha de políticas residenciales que impulsen los procesos altamente subsidiados -yo estimo que generalmente nunca por debajo del 60%- conocidos como "de esfuerzo propio y ayuda mutua"; lo que ha de llevarse a cabo, de acuerdo al estado de desarrollo de las fuerzas productivas, mediante la tecnología más fina y adecuada que permita el empleo eficiente del trabajo manual y de la energía metabólica que despliegan en la auto-construcción los beneficiarios de esos asentamientos básicos. Porque ni es económicamente posible ni, en el caso de que lo fuera, convendría humanamente sustituir a los interesados en pleno por la potencia de las máquinas convencionales que dependen y son movidas en su totalidad por energías escasas. Y ello, no tanto porque este relevo de energías vaya a suponer, junto a un ahorro de esfuerzo humano indudable, una degradación del ambiente biofísico, como no se cansan de repetir los acólitos de la políticamente correcta sostenibilidad, sino sobre todo porque constituye una auténtica degeneración del medio socio-político para cualquier comunidad que no haya alcanzado el estado de prosperidad necesario que trae consigo una alternativa a la función formativa del trabajo y, por tanto, también una irremediable degradación de los individuos que la integran.

Sólo apoyándose en esta inagotable actividad para que los propios interesados participen según sus posibilidades en la construcción de su morada, y facilitando mediante subsidios públicos en suelo, materiales, tecnología y dirección técnica el empleo más humano y eficiente del esfuerzo necesario para llevar adelante toda esa actividad pueden sentarse, creo, las bases que resuelvan alguna vez el problema; pues es ahí donde permanece todavía intacto el gran potencial formativo del trabajo. Probablemente ésta sea una de las pocas oportunidades que aún les queda a esas ingentes masas de población de hacer algo significativo por sí mismas; y ello, sin olvidar la responsabilidad institucional de subsidiar y abordar realmente la habitabilidad básica como una función pública, adecuadamente apoyada en una cooperación internacional que facilite la realización ordenada de estos asentamientos básicos.

Dichos asentamientos no sólo encuentran en la auto-construcción el trabajo que sirve para levantarlos, modelando así personalidades maduras a través de un fatigoso diálogo de armonías y conflictos con "la materia exterior", sino que, a su vez, potencian lo que dicho proceso constructivo tiene también de político: una forma de labor en la que el individuo, como animal social que es, se ve obligado a reconocer a otros, y a ser reconocido por ellos, en el trabajo conjunto de edificar un lugar habitable y de hacer, por tanto, del cosmos un mundo.

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